
Acabo de entrar en una página porno. No es que me tocase zurrarle a la sardina. Desde que tengo novia lo he ido dejando. Ha sido precisamente para gastarle una pequeña broma a mi novia y que cuando volviese del baño se encontrase una escena pornográfica reproduciéndose en su ordenador.
Pero la broma se ha convertido en una experiencia cabreante. Por asociación de palabras, he escrito “pornotube.com” en la barra de navegación, sin saber siquiera si existiría una página llamada así. Existía. Aunque hubiera deseado que no fuera así. Al entrar, simplemente te pide que introduzcas tu año de nacimiento y, a partir de ahí, si por lo que dices resultas ser mayor de edad, puedes elegir entre acceder al contenido hetero, al homosexual o a todo.
Obviamente, opté por el gay, para darle más gracia a la broma. Pero lo que vi al entrar me quitó la sonrisilla de la cara. Casi poto viendo a un tío colgado de unas cadenas al que le introducían un puño por el ojete y a otro que aguantaba estoicamente el ser penetrado por tres orificios de su cuerpo a la vez.
Después de contener el vómito me he parado a pensar y he llegado a la conclusión de que pocas cosas me tocan más la polla que esto. Me toca la polla que los gobiernos se pasen la vida buscando soluciones contra la piratería, que se condene a quienes violan derechos de autor y que, sin embargo, se permita que cualquier niño o adolescente pueda ver cómo un puto enfermo se deja violar por su primo. Esto sí que deben erradicarlo cuanto antes, en lugar de entretenerse siguiéndole el juego a las sanguijuelas de la SGAE.
Me toca la polla, sí, aunque figuradamente. Literalmente sólo me la toca mi novia. Y si esos putos enfermos quieren tocársela entre ellos, que creen una red privada a la que sólo se pueda acceder con el carnet de “muerdealmohadas” o “soplanucas”. Así ardáis en el infierno.




